viernes, 16 de mayo de 2014

SURICATO

Desde que me mude al nuevo barrio, siempre dije a mis amigos que la ‘estación Palmira’ iba a ser para problemas.


Lo peculiar era que nada sabía sobre ese lugar, mas que era una antigua casa abandonada habitada por un centenar de gatos, estimaba.


Todas las noches, cuando volvía de mi turno nocturno de lavavajillas, bajaba por la calle empedrada algo despitado, un fuerte olor me marcaba que estaba caminando por territorio felino.
Fue una de esas noches, en la que bajo una lluvia torrencial, apuraba el paso con un compañero para que no se nos mojen tanto los instrumentos. Cuando pasamos por la casa de los gatos, un gato gordo y anaranjado me rajuno el rostro y después de un alarido se metió corriendo para adentro.


Nos detuvimos unos segundos en los que mi compañero aguantaba la risa, pero yo ya no podía disimular mi bronca al tocar la sangre sobre mi rostro.

Junte valor y entramos a la casa gritando y pateando todo, pero al solo recibir unos gritos maullidos de gatos asustados, me di que ridículo era mi enojo y le dije que paremos.




Cuando salimos de la casa, nos recibió una sombra desde el frente, que nos preguntaba con una risa maliciosa si nos habíamos divertido pateándole el culo a unos gatitos, pero no llegamos a responderle que nos replico que solo quedaban de los más valientes, que los débiles ya se habían acobardado … escabulléndose lentamente en la noche.




Después de llegar a mi apartamento todo mojados, pude olvidarme del rajunazo y tocamos la trompeta varias horas, hasta que la lluvia paro y fumando un cigarrillo llegamos a la conclusión que el tipo era un demente.




Al día siguiente, me levante a media mañana, era mi único día franco de la semana.
Había salido el sol muy fuerte e intentaba secarlo a todo de poco, y al pasar caminando por la casa de los gatos en subida, me detuve al ver una bicicleta encadenada al frente.



Me anime a entrar, sentía curiosidad por saber quién era el dueño, también había recuperado la memoria y el enfado, y quería recriminarle el poco cuidado de los animales.

Pero apenas cruce el pasillo colmado de gatos, una puerta de abrió de un topetazo.


Un rostro de mujer, con una belleza muy particular, me recibe abriendo los ojos sorprendida.





Le pregunte si era la dueña de la casa, entonces ella se relajo y unos segundos después me dijo que pensó que era un atacante que venía a lastimar las mascotas. Me estiro su mano y me dijo que se llamaba Cecilia.




Me llevo a recorrer la casa y me conto su historia, que había sido el hogar de un matrimonio muy adinerado en la década de 1920, y que su ultima dueña había dejado que la propiedad la herede la municipalidad de Rosario antes que su propia hija.




No le deje terminar su relato, que le pregunte sin pensarlo dos veces si su voz no era la de la locutora que nombre los títulos en la radio de clásicos del mediodía, a lo que me respondió riéndose que sí, que nunca la habían reconocido, y que su trabajo estaba realmente en la produccion. Yo le dije que su rostro era muy bonito y que debía incursionar en el cine más que en la radio, y se rio mucho y me dijo que solo como directora.





Le acompañe a seguir alimentado los gatos cuando me comento porque ella es la única que entra a ‘ la estación Palmira’ , como dijo ella, a curar y alimentar los felinos.




Ahí supe por sus propias palabras cual era el verdadero estigma social de esa casa. Hace aproximadamente veinte años comenzó a poblarse de gatos. Todos los vecinos los querían y los protegían. Había una gata muy grande y gorda que todos llamaban Palmira, la única que respondía a un nombre.



Una madrugada de 1998, dos chicas fueron brutalmente atacadas, y luego tiraron sus cuerpos vivos a la casa junto a una jauría de perros, que los mutilo y destruyendo todo el lugar comiéndose los gatos. Después de la tragedia quedaron pocos gatos, pero Palmira seguía viva, aunque con sus dos ojos lastimados. El caso nunca pudo ser esclarecido por los tribunales provinciales.




Le pregunte que había sido de Palmira y me dijo que había 
llegado a conocerla, que de hecho había ayudado a parir a unos de sus gatitos, Suricato, el macho alfa de la casa hoy en día. Cuando me los mostro y vi que era el gato que me había atacado le conté mi historia y se rio mucho. Me dijo que era posible que el gato haya reaccionado así porque alguien viene y les envenena el alimentado, enloqueciendo a los más fuertes y matando a los más débiles. Le pregunte si podía ayudarle a descubrir quién era el atacante, con la idea de volver a verla de nuevo, y se sonrió sorprendida diciéndome que pase a buscarla al día siguiente por la radio.






Cuando sonó el despertador a las siete de la mañana, decidí tirarlo por la ventana y renunciar a mi trabajo para ir a buscarla a radio. Cuando me recibió con tres baúles llenos de cables y cámaras de video, me di cuenta que lo de ser directora iba en serio.





Llegamos a la estación Palmira con la idea fija de transformarla en un set de filmación. Yo aprovechaba para imponer mis conocimientos en la escuela técnica, y ella pensando en que lugares iban a estar mejores ubicadas para tener ángulos de todos los lugares.





En tan solo unas horas montamos un  reality show en la antigua casa de los gatos. Verla a Cecilia y su afinidad con esas mascotas, y como esos gatos salvajes que me atacaron confiaban solamente en ella, me hicieron sentir esa sensibilidad se veía reflejado en sus gestos y su forma de andar.




Cuando todo comenzó a oscurecerse y salió la luna, le ofrecí poner mi apartamento como bunker de monitoreo, a ver si esta noche podíamos encontrar algo interesante.



Tomamos algunas tazas de café, pero no impidieron que nos quedáramos dormidos en el sofá por el cansancio, mirando una película japonesa que nos convenció.


En el medio de la noche, tuve una pesadilla muy real, en la que un gato intentaba atacar a un perro rabioso que ladraba muy fuerte.



Me desperté todo transpirado, y al instante me di cuenta que Cecilia no estaba al lado mío. Unos segundos después entra a la habitación llorando diciendo que acababa de ver por el monitor tres hombres que golpeaban una mujer y la dejaban atada frente a unos perros.



Agarre una réplica de una pistola de juguete, que había olvidado mi primito, y salí sin medir las consecuencias. Del apuro no me di cuenta que estaba arriesgando mi vida, pero al escucharla gritar a ella por detrás y darme cuenta que también estaba poniendo en riesgo su vida me hizo llegar al lugar con un poco de miedo.




Pero nada hizo falta … los hombres se habían esfumado como sombras, y la chica estaba lastimada pero con vida gracias a dios, con un gato gordo con los pelos de punta a su lado, viendo como se desangraban dos perros de caza unos metros más allá.





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