El viernes se nos fue el indio solari, y nos fuimos espontáneamente al monumento a la bandera a mezclarnos con el pueblo ricotero. Me crucé con decenas de amigos menos el, con Nano. Él era el más ricotero de todos, el jefe de la manada de García bar and rock. Se fue a vivir a Croacia hace mucho y nunca supimos más de él, y la fantasía que aparezca entre la multitud me inundó de recuerdos. Quise homenajearlo con esta historia que recorre el camino inverso, el de sus antepasados croatas que vinieron a la Argentina hace décadas.
Según la revista Studia Croatica, en la cual se basan todos mis relatos, la década del 50 fue la primera época donde la diáspora se organiza social y culturalmente. Voy a hablar de Nano, pero también de un periodista y de un arzobispo. Los antepasados de mi amigo fueron asesinados por monárquicos serbios, y los huérfanos de esa tragedia luego escaparon de los mismos croatas que priorizaron el comunismo eslavo a su propia patria. Las oficinas porteñas que albergaron a esos exiliados eran una isla en el mundo, donde la bandera a cuadros rojos podía seguir flameando. Todo contenido de los recién llegados era traducido al español por el periodista en cuestión, y acorde pasaban los años se traducía al croata los relatos de las nuevas generaciones. En 1971 un agente yugoslavo lo asesinó a sangre fría en pleno Buenos Aires.
Con el tiempo esto se transformó en un segundo exilio para la familia de Nano, se fueron a vivir a la provincia de santa fe en un pueblito, lo cual ellos decían que le recordaba más a Split que a Zagreb, donde cada vez que recordaban al periodista le prendían una vela a un arzobispo croata que actualmente fue beatizado. Este hombre de dios siempre defendió la soberanía croata por sobre el yugo comunista, y en 1960 corrió la misma suerte que nuestro periodista, por quedarse en su propia tierra como líder espiritual de los que callaban su amor a la patria por temor a la muerte.
Hoy pienso en Nano escribiendo esto, y si los croatas pudieron sembrar en argentina un suelo donde se les permitió seguir siendo quienes eran, quizás el pueda hacer el camino inverso en su tierra prometida, escuchando las canciones que el indio nos invita a seguir cantando, sin prometer ya hazanas.