martes, 18 de febrero de 2014

CUMBIA SABROSA

Me llamo Felipe, pero quienes me conocen en mi barrio me llaman Trompeta. Me gane mi apodo tocando el saxofón en los semáforos de la ciudad de Cali.

Vengo de una familia humilde y trabajadora, pero desde que era pequeño, cada vez mas padres de familia se quedaban sin trabajo por el avance “ de la economía del mercado”. Yo nunca entendí ni carajo que significaba eso, pero veía con mis ojos que todas las fabricas cerraban. Abre tenido siete u ocho años, que al ver como cambio la vida de golpe, decidí que el trabajo nunca iba  a ser lo mío.


Lo primero que hice fue dejar de la escuela, junto a otros compañeritos que nos juntábamos en la puerta para no entrar, e ir hasta el centro de la ciudad a limpiar parabrisas o pedir monedas exactamente.

Lo único que me quedo del paso por aquel instituto es algo invaluable. Un profesor de música se dedico a que aprendiera a tocar el saxofón, debido a lo bien que tocaba los instrumentos pobres de viento que había en el salón. Impresionado por mí, y siendo un hombre de gran corazón, me regalo su instrumento en un gesto extraordinario cuando me termine de primer grado, un año antes de desistir. Tiempo después me entere que lo mataron, para sacarle su motocicleta a la salida de un ensayo.

En las primeras tardes que camine la calle junto a esos chicos, aprendí lo que yo creía en ese momento suficiente para largarme a la vida solo. Solo cuatro días después nos detuvo la policía pungeando un local de ropa y después de la demora de dos días en comisaria no volvimos a vernos más.


Fue entonces que a partir de cada mañana, me iba bien temprano con mi instrumento cerca de los restaurantes de la gente elegante a ganarme mi moneda del día, como le llamaba. Compraba dos o tres hamburguesas, lo que más me gustaba, y a veces si tocaba alguna cumbia , el dueño de un bar cerca de la cancha Pascual Guerrero me regalaba una lata de Coca Cola.


Era el mismo dueño del bar, el que me llevo a tocar el saxofón que tenia entre los bombos de la hinchada. Me pagaban unos billetes, y cuando quise llevarlos a casa mi madre me saco corriendo diciéndome que era plata sucia. Igual a partir de esa tarde mi corazón de hizo de los diablos rojos.


Con el paso de los años seguí frecuentando las mismas calles y parecidos lugares, pero a la velocidad máxima que mi cuerpo podía permitirlo y más. Tocaba la trompeta en banda de cumbia que se llama La Sabrosa. Sonábamos en todas las fiestas de los carteles de la droga, y para un cumbiero sabroso no había nada mejor, o eso pensaba yo.


Estaba en la cima de la ola, cuando de una luna para otra se transformo en la cima de un volcán. Mi madre había fallecido, y mi padre cada vez estaba más decepcionado porque yo sea un drogadicto. Una noche  de calor, en una de las mansiones que frecuentemente tocábamos , conocí una mujer despampanante. Nunca había tantas tetas y tanto culo en un rostro tan provocador. Ella se desvistió lentamente para mi, mientras yo le toque el ritmo de mi cumbia sabrosa. Apenas terminamos de hacer el amor, ella se vistió rápidamente sin hacer ruidos, dejándome confundido a la salida de ducharme.



Como en una paradoja, fue a partir de ese momento que tuve que alejarme de todo, porque la chica era la amante preferida de hombre del cartel que había pagado la fiesta y había puesto precio a mi cabeza solo para divertirse en su perversa relación con ella. Así pasaron los meses escondido en casa de mi madre y de Candelaria mi noviecita, que amaba incondicionalmente. Fue ella quien se encargo de mi esos meses, casi un año, en los que recomponer la vida que veía que llevaba mi padre antes de la gran crisis, entre las enésimas. Pero yo no me daba cuenta, y a veces me hacia escapaditas con los amigos mas íntimos para despuntar un rato el vicio. Candaleria le prendía todos los días una vela a la Virgen de Guadalupe, y yo recuerdo ahora como prendía los cigarrillos como un inconsciente, jugando con mi suerte.


En otra noche de copas le di rienda suelta a mi trompeta, haciéndole honor a mi nombre, y me puse tan del coco que me expuse a ir al pascual guerrero para ver al América contra Rosario Central de Argentina. La cancha era una caldera, pero el perico y las ganas de vivir las calles me pudieron más que el corazón de mi amorcito. No así los diablos, que perdieron con los canallas, un apodo que me gustaba.

Fue a la salida que bajo una llovizna me subía al coche de un amigo y sentí el frio de tres plomos bajo mi espalda. Me vinieron por un segundo las imágenes del partido con las de Candelaria y la putera que había iniciado todo esto. Un ardor increíble en la cabeza, no recuerdo nada más. A las seis semanas desperté en un hospital, y por el resto de mi vida anduve en silla de ruedas.


Mi amorcito me cuido con su amor dedicado un tiempo más, pero mi negativismo y agresividad, sumado a la reveladora verdad que le oculte, la causa del atentado hacia mí, fueron el detonante para que le rompiera el corazón y se alejara de mi para siempre. Fue una noche discusión y palabras irrepetibles, que dejaron en mi una melancolía de cien acordeones.


Termine de nuevo en la calle, y para ganarme la vida tocaba el saxofón en cabaretes de mala muerte durante el show de las transformistas. Tocaba los mejores temas de La Sabrosa con mi instrumento igual que antes, pero el perico y el alcohol solo me deprimían mas y mas en mis recuerdos, habia enfermado y contagiado de HIV. Ya ni disfrutaba de la cumbia, ni siquiera creía mas en el amor.



Fue una mañana en la que una vieja compañera de aventuras me rescato de la calle vomitado y caído de mi silla, en los que comenze a ver la luz de mi túnel. Me llevo a su casa, me baño, me tranquilizo y alimento durante varios días. Así fue como me di cuenta que estaba de regalo en esta vida, y esta vida me la regalo Dios. Me puse a pensar en cuanto podía llegar a quererme en esta vieja amiga en mi plenitud, para ayudarme de esa manera. Pero al mismo tiempo me di cuenta que ya era tarde para mí a estas alturas ilusionarme con el amor. 


Cuando llego el día que estaba listo para retirarme, segun un medico que ella trajo para cuidarme y empezar a recetarme mi medicacion, que ya estaba normal para levantarme de la cama y volver a la silla. Me dio mucho miedo tener que volver a vivir. Pero ella llego acompañada de otras dos personas, que trabajaban en un templo evangelista para que les muestre como tocaba mi cumbia en la trompeta. Yo les dije que justo estaba pensando en Dios,  una casualidad, cosa que era verdad, aunque completamente distinto a lo que ellos veían en su nombre.



Entonces fue que decidí entregarme a Dios, porque aunque no creyera en los falsos profetas que se llenan los bolsillos dentro de los templos en los que toco mi instrumento , pidiendo limosna para ellos, creo en que nunca es tarde para seguir viviendo por que el me regalo la vida.




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