Mohamed
era oriundo del norte de África, de Siria, y por esos tiempos cuando le
preguntaban acerca de su país, solo le gustaba responder que el sol era
ardiente.
Cursaba
la universidad al este de Roma, y solo ocupaba su tiempo en oraciones, cuidar
el cuerpo y proyectarse en sus estudios de arte. Todo alrededor que se
encontrara por fuera de esa trinidad le parecía que tenía olor a podrido, que
lo juzgaba, o que simplemente lo distraía del objetivo divino de su corazón.
El joven
creía ciegamente, y estaba convencido, de que nada estaba librado al azar, y
que cada corazón tenía un destino divino. Cuando conoció a M…..a, una joven y
prometedora pintora Suramericana, comenzó a ver el mundo mas allá de sus ojos y
de sus experiencias con trágico final bajo el sol ardiente, ese que era el
centro de su mundo. De un día para el otro, la vida cotidiana de occidente dejo
de parecerle una parodia del infierno, y la visión cristiana del mundo que
tenía la artista le permitía relacionarse con ella de una manera que le limpiaba
el alma. A su vez, ella era muy bella y le recordaba el espíritu del primer
amor. Una tarde, viajaron en micro a París, y después de la merienda se besaron. A los pocos días ella tuvo
que regresar a su país para cumplir con sus obligaciones familiares. El le
comprendió porque había perdido a toda su familia previo a emigrar.
Durante
esos primeros días, Mohamed sintió la presencia de Dios en cada detalle como
una luz. Pero al poco tiempo ese brillo pareció enceguecerlo de una manera
diferente, oscura, y comenzó a buscarse entre la oscuridad de la sociedad que
le rodeaba.
Dejó de
rezar, de estudiar y de entrenar. Se dedicó a lo facil y material, a conseguir
dinero aplastando a su prójimo, a presumir, a buscar el sexo y el placer de lo
artificial por el solo hecho de no tener la necesidad de amarse mas que a sí
mismo. Inevitablemente chocó con lo que el no veía. Para la gente que vivía sin
contemplar lo divino, el era un simple africano muerto de hambre que les robaba
el trabajo, y en ese mundo solo le esperaba tristeza, calle y violencia.
En los
momentos que más hundido estaba, le gustaba cerrar los ojos y sentirse por un
rato bendecido por Dios. Su llave para entrar al cielo eran los recuerdos en
vida de su gente antes que la guerra lo exiliara a ese lugar. Cuando Mohamed
volvía a despegar las pestañas, sentía la presencia divina del beso que más lo
ilusionó, la divina sensación del amor de Dios en la tierra. La que no necesita
de un avión para volar los cielos sino solo
un beso.

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