sábado, 14 de mayo de 2016

SOLO UN BESO

Mohamed era oriundo del norte de África, de Siria, y por esos tiempos cuando le preguntaban acerca de su país, solo le gustaba responder que el sol era ardiente.

Cursaba la universidad al este de Roma, y solo ocupaba su tiempo en oraciones, cuidar el cuerpo y proyectarse en sus estudios de arte. Todo alrededor que se encontrara por fuera de esa trinidad le parecía que tenía olor a podrido, que lo juzgaba, o que simplemente lo distraía del objetivo divino de su corazón.

El joven creía ciegamente, y estaba convencido, de que nada estaba librado al azar, y que cada corazón tenía un destino divino. Cuando conoció a M…..a, una joven y prometedora pintora Suramericana, comenzó a ver el mundo mas allá de sus ojos y de sus experiencias con trágico final bajo el sol ardiente, ese que era el centro de su mundo. De un día para el otro, la vida cotidiana de occidente dejo de parecerle una parodia del infierno, y la visión cristiana del mundo que tenía la artista le permitía relacionarse con ella de una manera que le limpiaba el alma. A su vez, ella era muy bella y le recordaba el espíritu del primer amor. Una tarde, viajaron en micro a París, y  después de la merienda se besaron. A los pocos días ella tuvo que regresar a su país para cumplir con sus obligaciones familiares. El le comprendió porque había perdido a toda su familia previo a emigrar.


Durante esos primeros días, Mohamed sintió la presencia de Dios en cada detalle como una luz. Pero al poco tiempo ese brillo pareció enceguecerlo de una manera diferente, oscura, y comenzó a buscarse entre la oscuridad de la sociedad que le rodeaba.


Dejó de rezar, de estudiar y de entrenar. Se dedicó a lo facil y material, a conseguir dinero aplastando a su prójimo, a presumir, a buscar el sexo y el placer de lo artificial por el solo hecho de no tener la necesidad de amarse mas que a sí mismo. Inevitablemente chocó con lo que el no veía. Para la gente que vivía sin contemplar lo divino, el era un simple africano muerto de hambre que les robaba el trabajo, y en ese mundo solo le esperaba tristeza, calle y violencia.



En los momentos que más hundido estaba, le gustaba cerrar los ojos y sentirse por un rato bendecido por Dios. Su llave para entrar al cielo eran los recuerdos en vida de su gente antes que la guerra lo exiliara a ese lugar. Cuando Mohamed volvía a despegar las pestañas, sentía la presencia divina del beso que más lo ilusionó, la divina sensación del amor de Dios en la tierra. La que no necesita de un avión para volar los cielos sino   solo un beso.




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