Antes que
nada, vale y debo aclarar, que no conocía a Jesús en persona, ni a sus
apóstoles. Tampoco le había escuchado hablar jamás. Esas tardes que llegaban
multitudes a la sinagoga de Judea yo nunca las presencie. Hoy pienso que era
demasiado joven, quizás el también lo era, por eso los relatos de los demás,
sean buenos o malintencionados, me atraían por igual.
Antes de
cumplir la mayoría de edad, había sido alejado de mis padres y hermanos para
trabajar con el imperio, por ser el primogénito. Al principio fue muy doloroso
para mi corazón. Con el paso del tiempo, la fuerza de mi trabajo llenó con pan
y vino mi boca. Una noche, de esas que me encontraban satisfecho a la luz de la
luna, no tenía más hambre y por tener comida seguí comiendo. A los pocos minutos
se acerco entre el silencio de las sombras un anciano que me recordó a mi
mismo, juntando desechos en una carretilla. Fue entonces que cada vez que
hablara acerca de ese hombre, o de su compadre Juan el bautista, una sensación
desde el alma, extraña, de amor en el dolor, y dolor en la abundancia se
apoderaba de mi mente.
Una
mañana cerca de la fecha de pascuas, se comentó de boca en boca que Jesús
estaría allí, en la sinagoga de Judea, para demostrar en público su palabra y
manifestarse ante quienes no crean en él.
Pero no fue así.
Todavía
no había llegado su hora, y no se presentó porque entre la multitud había gente
dispuesta a matarlo o a entregarlo a Roma.
Entre la
multitud de personas que nos agolpábamos en retirada luego de esperarlo por horas,
algunos se fastidiaban y quejaban por la pérdida de tiempo, pero ninguna creía
en el, solo era curiosos del milagro.
Caminé
por un sendero oscuro por largo tiempo hasta ver la luz. Al abrir los ojos
reparé en que una mujer cruzaba el mismo camino a mi paso, y ella también
reparó en mi. Ninguno de los dos nos
habiamos visto antes y ambos llegabamos a puerto de luz después de perseverar.
Su nombre era Miquena.
La semana
siguiente Jesús fue arrestado y esa misma multitud clamó por la libertad de Barrabas,
pero todo estaba escrito ya. Los días
siguientes prosiguieron entre el nerviosismo y la ansiedad general, la gente se
maltrataban una a la otra, y dominó más que nunca la ley del más fuerte.
Tres días
después de la crucifixión y terminado el calvario, me sentí cansado de tanto
odio alrededor.
Mi alma
estaba limpia, y sin embargo de lo ocurrido, me sentí renacido en mi interior.
Mire alrededor como si toda mi
vida hasta el momento fuese un camino empedrado y oscuro, y en mi corazón desee
tener al lado aquella mujer que recién conocía.

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