miércoles, 18 de mayo de 2016

JUDEA

Antes que nada, vale y debo aclarar, que no conocía a Jesús en persona, ni a sus apóstoles. Tampoco le había escuchado hablar jamás. Esas tardes que llegaban multitudes a la sinagoga de Judea yo nunca las presencie. Hoy pienso que era demasiado joven, quizás el también lo era, por eso los relatos de los demás, sean buenos o malintencionados, me atraían por igual.


Antes de cumplir la mayoría de edad, había sido alejado de mis padres y hermanos para trabajar con el imperio, por ser el primogénito. Al principio fue muy doloroso para mi corazón. Con el paso del tiempo, la fuerza de mi trabajo llenó con pan y vino mi boca. Una noche, de esas que me encontraban satisfecho a la luz de la luna, no tenía más hambre y por tener comida seguí comiendo. A los pocos minutos se acerco entre el silencio de las sombras un anciano que me recordó a mi mismo, juntando desechos en una carretilla. Fue entonces que cada vez que hablara acerca de ese hombre, o de su compadre Juan el bautista, una sensación desde el alma, extraña, de amor en el dolor, y dolor en la abundancia se apoderaba de mi mente.



Una mañana cerca de la fecha de pascuas, se comentó de boca en boca que Jesús estaría allí, en la sinagoga de Judea, para demostrar en público su palabra y manifestarse ante quienes no crean en él.

 Pero no fue así.


Todavía no había llegado su hora, y no se presentó porque entre la multitud había gente dispuesta a matarlo o a entregarlo a Roma.

Entre la multitud de personas que nos agolpábamos en retirada luego de esperarlo por horas, algunos se fastidiaban y quejaban por la pérdida de tiempo, pero ninguna creía en el, solo era curiosos del milagro.

Caminé por un sendero oscuro por largo tiempo hasta ver la luz. Al abrir los ojos reparé en que una mujer cruzaba el mismo camino a mi paso, y ella también reparó en mi. Ninguno de los dos nos habiamos visto antes y ambos llegabamos a puerto de luz después de perseverar. Su nombre era Miquena.



La semana siguiente Jesús fue arrestado y esa misma multitud clamó por la libertad de Barrabas, pero todo estaba escrito ya.  Los días siguientes prosiguieron entre el nerviosismo y la ansiedad general, la gente se maltrataban una a la otra, y dominó más que nunca la ley del más fuerte.



Tres días después de la crucifixión y terminado el calvario, me sentí cansado de tanto odio alrededor.

Mi alma estaba limpia, y sin embargo de lo ocurrido, me sentí renacido en mi interior.



Mire alrededor como si toda mi vida hasta el momento fuese un camino empedrado y oscuro, y en mi corazón desee tener al lado aquella mujer que recién conocía.






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