En un
clásico pueblito portugués,a 500
km de Lisboa, llovía sin descanso hacía casi dos días.
Cerca de las cuatro de la madrugada un automóvil con patente municipal
estaciono frente a la única casa de fotografía del lugar. La heredera del
penúltimo castillo imperial, Madame de Couthino, requería de sus servicios para
un retrato de su hija menor. Pero ante la negativa de la esposa del dueño del
lugar, los emisarios debieron recurrir a un joven serafín que vacacionaba en el
lugar, y que fue visto tomando fotografías por doquier.
Refugiado
de la tormenta en un viejo hotel céntrico, fue sacado casi por la fuerza a
pesar de su voluntad de realizar la sesión, y trasladado por los caminos que
separaban la ciudad del antiguo castillo. Al llegar fue recibido por la hermana
mayor, una monja cristiana, que estaba muy afligida. El fotógrafo serafín se
dio cuenta en ese instante que había sido llamado a retratar el último instante
de una joven recién fallecida.
No
existen palabras para contarles, era tan bella, y parecía que dormía
serenamente. Cuando el joven puso su ojo derecho en la cámara y la vio atráves
del lente, la tambien joven señorita abrió los ojos de par en par y le regaló
una última sonrisa de primer amor en primavera. Cuando la instantanea se reveló
segundos después, ella salió posando serenamente como si seguiría durmiendo.
No
existen palabras para contarles .. pero el fotógrafo espero en tranquilidad
hasta el final de los días de su vida esperando llegar al cielo, para
encontrarse con el amor, postergado, inconcluso, intenso …. Como todo lo
eterno.


