Lo cierto
es que hablábamos cosas de la más profunda… o por lo menos lo intentábamos, en
esa bodega de vinos a la francesa, lejos del apartamento de Carrer dela Font
Honrada, y sin tener en que volver ya.
No sabía
si eran ciertos los motivos que me habían llevado hasta allí esos días, o si
esas palabras eran lo que sentía por experiencias o por la propia imaginación
de las mismas. Después de una cena de platos tradicionales recomendados por mi
anfitriona, la cual había ganado el derecho a preguntar sobre mi vida
sentimental, fue que me puse a pensar un instante acerca de eso, de que es lo
cierto al fin y al cabo, si los registros de la mente, o que no nos importe los
hechos que vivimos.
Son esos
momentos, tan efímeros, reales, que definen como personas nuestros gustos,
nuestras definiciones en el amor, y también el pulso del cuerpo-interrumpió mi discurso ella- señalándome que el mozo se acercaba a ofrecernos postre, para luego
terminar concluyendo, ya sin hilo de inspiración, que al tiempo moderno lo
marcan el pulso del corazón y los sonidos del teléfono movíl. Ambos únicos e intransferibles,
con un número propio que desea latir y hacer later a otro corazón.
Ella rió
sorprendida de mi teoría, y sentenció que Europa quizá me haya encandilado con
su belleza, pero luego me dijo que con los días abriría un poco los ojos, al
igual que un recién nacido, con una pequeña risa en su interior y conocedora del
lugar.
La miré a
los ojos,y al quedarme en silencio creía haberla escuchado hablar por primera
vez, imaginaba cada relato que salía de sus comisuras como si las secuencias de
sus historias y las mías se entremezclaran con la de dos jóvenes de nuestra
misma edad cien años atrás. Mis teorías acerca de la privatización del amor
mediante los teléfonos celulares quedaría derribada, y cualquiera de nuestras
historias serían vistas diferentes desde afuera, a los ojos de los otros, con
lo que ello implica cuando se es contemporáneo, sea la época que fuese.
Ella le
hizo señas al mozo y pedimos otra botella de vino, nos hicimos una mirada
cómplice, sabíamos que era la última que podíamos pagar, pero eso no nos importó.
Emprendimos nuestro regreso caminando, y por las calles empedradas nos dejamos
iluminar por las luces de la noche de la vieja Europa. El aire de nuestras respiraciones, y el de las burbujas del alcohol, se confundían entre nuestras palabras, y por primera vez nos tomamos de la mano
algunas cuadras, situación que hubiera sido por demás incómoda para ella, e
improbable para mi, al calor de nuestra ciudad natal, que a contrapuesta del
invierno europeo, hubiera llenado de deseo por corporizar al instante cualquier
sentimiento agradable. Quizá hubiera fracasado o no en ese intento, pero lo que
era seguro es que días después necesitaría hacer uso del teléfono movíl para
hacer contacto con ella, entonces volverían las dudas, cuestionamientos de cómo
había sido mi comportamiento.
Ella volvió
a reírse mucho de mis conclusiones, y sin que nada nos interrumpa, me dijo que
más gracia le causaba imaginarse como sería su importunio, cien años atrás,
pagando a cuestas de su piel el primer amor, el mismo por el cual ya se hubiese
esposado, debido a la cantidad de años sin concubinato, y las leyes morales de
1916, en casi todo el mundo.
Fue a
partir de esos ecos de mujer que retumbaban en mis oídos, que deje de
escucharla y me perdí profundamente en sus ojos color del río. Su tez blanca y
su delicada silueta traían a mi retina cada balcón antiguo que cruzábamos,
algunos de los cuales me recordaban a las fachadas de las antiguas
construcciones del centro de mi ciudad, Rosario. Concluyó en que prefería, y a
veces le liberaba, esas descargas eléctricas de amor y de odio, vía mensajes de
texto que serían bloqueados, que a vivir encarcelada.

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