Yo te ví
nacer en el 76, y soñé lo mismo que sueñas tú. Ya no hay registros claros en mi
memoria de aquella prisión mental a la que me sometí por aquel entonces, para
adaptarme al perverso estilo de vida de mis captores, después de las torturas y
que pasara el tiempo transcurrido para que la información del recluso tenga validez.
Cuando conocí a tu padre, las luces de la ciudad de Buenos Aires iluminaban la
decadencia de los teatros de la calle Corrientes, y bajo esas sombras de la
majestuidad de la aristocracia se organizaban lo sueños postergados del
subsuelo de la patria, como a él le gustaba comparar. Siempre discutíamos por
la madrugada, el único tiempo que la militancia nos dejaba para nuestra
intimidad, acerca de lo que yo entendía por aristocracia. La búsqueda de la
belleza por excelencia, la canción más bonita del mundo, el reemplazo de los
formalismos y los bailes de salón, por las cantatas de Víctor Jara y el
encuentro de un joven escritor que sale a las apuradas de la fábrica para
encontrarse con una colegiala. Pero tu padre siempre conseguía bajarme a tierra
con eso que la historia argentina estaba escrita con olor a bosta de vaca, y
cuadernos de manual que nos habrían de olvidar para siempre de la memoria de
las generaciones posteriores.
Cuando
estube secuestrada, y todavía eras mi hija, sentía rastros en mi piel de tu cálida
dependencia, y cuando me subían a la mesa de torturas e introducían picanas en
mi vientre entraba en cortocircuitos en lo que aquel trance, hacía perder mi
mente del espacio, y parecía escucharte claramente en los brazos de otra
familia, llorando a gritos el pecho de tu madre. Los días siguientes a esa sesión,
quedé desvanecida en el piso sin poder hablar ni moverme, pero esa luz de
esperanza, esa sensación tan real de que estabas viva, me hicieron dejar de
latir mi corazón en paz.
Hoy nos
reencontramos en el cielo, antes de lo previsto pese a mi ansias de verla,
cuarenta años después, un rostro de mujer adulta que no había olvidado mi
calor, pero sin embargo, después de aquel esperado encuentro, mi espectro
comenzó a desvanecerse, y por primera vez desaparecí.
San Pedro desocupó mi nube de recuerdos, y cedió ese lugar a mi hija. Ella me
había echo abuela, y de un varón. Cuando me transforme en alma, averigüé que mi
nieto es un ferviente militante político de Cristina Fernández de Kirchner, y
que luchaba con sus propios aciertos y errores, por un mundo mejor. Entonces
comprendí el motivo por el cúal finalmente desaparecí …
Que le puedo decir que él no haya
vivido?
Que le puedo contar que él no haya
soñado?

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