jueves, 28 de enero de 2016

ALFABETO

alfa

Cuando explotó la bomba de la Amia, yo hacía poco había cumplido los 18. Me vienen a la mente junto a esos días, las horas frente al espejo, la veneración a las modas, sentir que el mundo se abría para mi. Recuerdo ese tiempo del fraudulento juicio y posterior encubrimiento, que la opinión pública defenestro a eso que llamaban peronismo, y que nunca más lo fue como tál. Mi abuelo decía libremente que eran el cáncer del país, mi padre callaba y asentía, mientras multiplicaba sus ganancias con Menem como con Martinez de Hoz, mi madre acotaba que eran todos corruptos, y la abuela se persignaba diciendo que otra vez traían la política a la mesa fingiendo que iba a largarse a llorar.

Me vienen a la mente esas horas frente al espejo, porque la imagen para mi lo valía todo. Nunca más en mi vida algo lo significo todo. Nadie de mi familia, siquiera las más íntimas amigas, llegaron a comprender o a imaginar la rareza que sentía ante algunas cosas, ante la injusticia, un chico pidiendo una moneda a nuestro coche nuevo y escuchar que eso arruinaba la Av 9 de julio partía mi alma en añicos. Más que nunca quería escaparme a otra ciudad, y mucho antes de mi picnic de despedida en los bosques de Palermo ya me había ido, para siempre, tál como sentía que era todo por entonces. De chica me aburría tanto que dibujaba mucho, y buscaba cualquier excusa para abstraerme de las galanterías de mi madre. De alguna manera, heredé su obsesión por diseñar la ropa para fiestas. Detestaba usar sus vestidos, cada brillo, cada detalle, contrastaba con mis deseos de pasar desapercibida ante esa gente. De ahí mis manías de despegarme de la persona corriente, que la antimoda sea mi moda, que la música clásica sea para mí el rock, todo lo contracultural parecía adaptarse a mis cannones de belleza. Cuando comenté a mis padres la decisión de continuar la carrera de arquitectura en California, tenía miedo que pensaran que acaso no los quería, pero verlos emocionarse por mi partida me produjo ganas de no volver por un tiempo a la Argentina.

Esos comienzos en la ciudad de Los Angeles habían sido los mejores de mi vida. La libertad corría por mis venas, y el mucho dinero que me enviaban alcanzaba para los vicios y la subsistencia, y ni por asomo era considerada una turista rica. A los pocos meses prácticamente deje de asistir a la universidad y me sumergí por completo al mundo subterraneo de la new wave, ese lugar donde canalizaba mis inquietudes postergadas y sentía pertenencia. Mi piel cambiaba de color cada pase de noche de punk con sus guitarras que latían vidrios, a las puestas del sol en esos campitos donde la música electronica hacía creíble el amor artificial. Finalmente me dí cuenta por la ropa, que había dejado de creer en esa elite de lo alternativo, y que la fin y al cabo las tinturas y los tatuajes llevaban para mi el mismo proceder fino y detallista que copiaba a mi madre y sus vestidos. Participaba como periodista en una reviste mensual sobre tatuajes, de gran tirada en ámerica. Una vez escribí acerca del descontento que sentía conmigo misma, con las formas, con el mundo. Pero resultó que mi intención de ruptura con todo eso, los medios gráficos me catalogaran como una de las pioneras de lo que ahora llaman hipsters. Intentaron luego prostituir mi alma y mi imagen para promocionar diferentes tipos de ropa, pero tanta infelicidad me ponía fea y decidieron que vuelva a las notas periodisticas, pero en un medio corporativo y con un gran sueldo. Cuando conocí a mi amiga Barshall y me propuso pasar el verano en Francia, no dude en renunciar pensando en que el viaje era sin retorno a esas tierras


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beta 


Cuando recomenzamos en París todo fue diferente. Entre las dos juntabamos poco dinero, pero no nos importaba. Por mi parte borré todo mi pasado de mi currículo, para escribir artículos sobe existencialismo que se llevaban consigo cada vez más partes de la oscuridad de mi corazón, y cada tirada mis miedos, mis miserias y grandezas, quedaban expuestas a los ojos de quienes las quieran comprar, aunque a muy pocos le importaba en esa decada del 90 y la revista estaba a punto de desaparecer.


Dos años antes, por la época del atentado en buenos aires, deje de obedecer a lo que yo no creía, y para imponer mis ideas ataque a todo lo que no compartía o entendía, muchas de esas cosas me daban bronca y hacían daño, y vivir tantas experiencias en poco tiempo me hizo agresiva e intolerante con mucha gente que alrededor mio ignoraba y que luchaban por su subsistencia y tambien ser felices y cumplir sus sueños, que no tenías mis mismas posibilidades de ganar dinero. Darme cuento de eso en temprana edad, me hacía disfrutar de esas tardes que nos escapabamos de los jardines y bares, para sumergirnos en horas de libros y películas en blanco y negro con Barshall. Conocimos a dos escritos de guiones peruanos, y uno se llevó mi corazón y otro me propuso trabajo. Conocía mi repertorio en Norteamérica, y me recomendó para que visite las grabaciones del nuevo musical “EVITA”, debido a que yo era argentina y me especializaba en modas, me correspondía escribir una nota acerca de los mas de 200 vestidos que utilizaría Madonna durante el rodaje.



No sabría ponerle palabras a los motivos que me llevaron a aceptar ese tipo de trabajo que odiaba, al igual que el hecho de volver a buenos aires. Barshall me acompañó bajo la promesa de presentarle a Madonna, y yo nunca más volvi a salir de la Argentina.




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