alfa
Cuando
explotó la bomba de la Amia ,
yo hacía poco había cumplido los 18. Me vienen a la mente junto a esos días,
las horas frente al espejo, la veneración a las modas, sentir que el mundo se
abría para mi. Recuerdo ese tiempo del fraudulento juicio y posterior
encubrimiento, que la opinión pública defenestro a eso que llamaban peronismo,
y que nunca más lo fue como tál. Mi abuelo decía libremente que eran el cáncer
del país, mi padre callaba y asentía, mientras multiplicaba sus ganancias con
Menem como con Martinez de Hoz, mi madre acotaba que eran todos corruptos, y la
abuela se persignaba diciendo que otra vez traían la política a la mesa
fingiendo que iba a largarse a llorar.
Me vienen
a la mente esas horas frente al espejo, porque la imagen para mi lo valía todo.
Nunca más en mi vida algo lo significo todo. Nadie de mi familia, siquiera las
más íntimas amigas, llegaron a comprender o a imaginar la rareza que sentía
ante algunas cosas, ante la injusticia, un chico pidiendo una moneda a nuestro
coche nuevo y escuchar que eso arruinaba la Av 9 de julio partía mi alma en añicos. Más que
nunca quería escaparme a otra ciudad, y mucho antes de mi picnic de despedida
en los bosques de Palermo ya me había ido, para siempre, tál como sentía que
era todo por entonces. De chica me aburría tanto que dibujaba mucho, y buscaba
cualquier excusa para abstraerme de las galanterías de mi madre. De alguna
manera, heredé su obsesión por diseñar la ropa para fiestas. Detestaba usar sus
vestidos, cada brillo, cada detalle, contrastaba con mis deseos de pasar
desapercibida ante esa gente. De ahí mis manías de despegarme de la persona
corriente, que la antimoda sea mi moda, que la música clásica sea para mí el
rock, todo lo contracultural parecía adaptarse a mis cannones de belleza.
Cuando comenté a mis padres la decisión de continuar la carrera de arquitectura
en California, tenía miedo que pensaran que acaso no los quería, pero verlos
emocionarse por mi partida me produjo ganas de no volver por un tiempo a la Argentina.
Esos
comienzos en la ciudad de Los Angeles habían sido los mejores de mi vida. La
libertad corría por mis venas, y el mucho dinero que me enviaban alcanzaba para
los vicios y la subsistencia, y ni por asomo era considerada una turista rica. A
los pocos meses prácticamente deje de asistir a la universidad y me sumergí por
completo al mundo subterraneo de la new wave, ese lugar donde canalizaba mis
inquietudes postergadas y sentía pertenencia. Mi piel cambiaba de color cada
pase de noche de punk con sus guitarras que latían vidrios, a las puestas del
sol en esos campitos donde la música electronica hacía creíble el amor
artificial. Finalmente me dí cuenta por la ropa, que había dejado de creer en
esa elite de lo alternativo, y que la fin y al cabo las tinturas y los tatuajes
llevaban para mi el mismo proceder fino y detallista que copiaba a mi madre y
sus vestidos. Participaba como periodista en una reviste mensual sobre
tatuajes, de gran tirada en ámerica. Una vez escribí acerca del descontento que
sentía conmigo misma, con las formas, con el mundo. Pero resultó que mi intención
de ruptura con todo eso, los medios gráficos me catalogaran como una de las
pioneras de lo que ahora llaman hipsters. Intentaron luego prostituir mi alma y
mi imagen para promocionar diferentes tipos de ropa, pero tanta infelicidad me
ponía fea y decidieron que vuelva a las notas periodisticas, pero en un medio corporativo
y con un gran sueldo. Cuando conocí a mi amiga Barshall y me propuso pasar el
verano en Francia, no dude en renunciar pensando en que el viaje era sin
retorno a esas tierras
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beta
Cuando
recomenzamos en París todo fue diferente. Entre las dos juntabamos poco dinero,
pero no nos importaba. Por mi parte borré todo mi pasado de mi currículo, para
escribir artículos sobe existencialismo que se llevaban consigo cada vez más
partes de la oscuridad de mi corazón, y cada tirada mis miedos, mis miserias y
grandezas, quedaban expuestas a los ojos de quienes las quieran comprar, aunque
a muy pocos le importaba en esa decada del 90 y la revista estaba a punto de
desaparecer.
Dos años
antes, por la época del atentado en buenos aires, deje de obedecer a lo que yo
no creía, y para imponer mis ideas ataque a todo lo que no compartía o entendía,
muchas de esas cosas me daban bronca y hacían daño, y vivir tantas experiencias
en poco tiempo me hizo agresiva e intolerante con mucha gente que alrededor mio
ignoraba y que luchaban por su subsistencia y tambien ser felices y cumplir sus
sueños, que no tenías mis mismas posibilidades de ganar dinero. Darme cuento de
eso en temprana edad, me hacía disfrutar de esas tardes que nos escapabamos de
los jardines y bares, para sumergirnos en horas de libros y películas en blanco
y negro con Barshall. Conocimos a dos escritos de guiones peruanos, y uno se
llevó mi corazón y otro me propuso trabajo. Conocía mi repertorio en Norteamérica,
y me recomendó para que visite las grabaciones del nuevo musical “EVITA”,
debido a que yo era argentina y me especializaba en modas, me correspondía
escribir una nota acerca de los mas de 200 vestidos que utilizaría Madonna
durante el rodaje.
No sabría
ponerle palabras a los motivos que me llevaron a aceptar ese tipo de trabajo
que odiaba, al igual que el hecho de volver a buenos aires. Barshall me acompañó
bajo la promesa de presentarle a Madonna, y yo nunca más volvi a salir de la Argentina.

