miércoles, 16 de septiembre de 2015

EL ULTIMO ELEFANTE

En los centros urbanos de Bangladesh se encuentran algunos de los rascacielos y oficinas más elegantes del mundo. La ciudad también cuenta con la celebre estadística de albergar el mayor número de mendigos callejeros. Lo peculiar de estos datos es que no fueron analizados respecto a seres humanos en cuestión de calle, sino que se realizaron basados en la cantidad de elefantes.


En las afueras de toda esa inmensidad de lujos y chatarra, a kilómetros de distancia, los paisajes de la India siguen siendo similares a los que se sumergía la vista décadas atrás.


Allí se encuentra el refugio natural para elefantes “ Corazones de Marfil” , que oficiaba para las personas que dejaban a su animal en una especia de desarmadero occidental de vehiculas con vida.


Nada más alejado de eso era lo que sucedía con el animal al ingresar al refugio. El último elefante, con su experiencia de calle curtida sobre el lomo, lleva a expensas una vida en la que siquiera conoció a su madre y su hábitat natural. Ninguna persona del grupo de cuidados entiende como ese pequeño gigante de tres años había sobrevivido, ni como nunca enloqueció y se atrevió a atacar a la gente.


Los primeros doce meses cambiaron mi vida para siempre. Este elefante había sufrido tanto que parecía una tarea imposible adaptarlo, y hasta por momentos, cuando interactuaba con otros animales resultaba por demás de violento.


Durante las noches, cuando la rutina de los menores de cinco era echarse a los graneros a refugiarse, el elefante lloraba hasta dormirse de cansancio, perturbando al resto de los animales.



Fue trasladado a un granero para él solo, y yo quede a cargo de su tutela. Cada mañana lo montaba por kilómetros bajo un furioso rayo anaranjado de sol, que parecía cicatrizar con su energía toda la piel de su lomo.



Lo que más le gustaba era revolcarse en enormes charcos de lodo, y me maravillaba de verlo largar agua hacia arriba con su trompa, en signo de felicidad. Verlo de esa manera me hizo dar cuenta que la empatía con ese animal me generaba una paz conmigo mismo que todavía nunca había llegado a experimentar.



Una noche, cercana al año de su ingreso en al represa, cuando la luna se escondía entre las nubes para solo permitir reflejar su brillo, el elefante volvió a la zona de refugios después de compartir el día entero con los demás animales. Lo espere por horas preocupado en su granero especial, pero los elefantes, al igual que algunas personas, aprenden a recordar en silencio … pensé mientras me dormía pensando que quizá mañana llegaría un nuevo elefante.







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