En los
centros urbanos de Bangladesh se encuentran algunos de los rascacielos y
oficinas más elegantes del mundo. La ciudad también cuenta con la celebre
estadística de albergar el mayor número de mendigos callejeros. Lo peculiar de
estos datos es que no fueron analizados respecto a seres humanos en cuestión de
calle, sino que se realizaron basados en la cantidad de elefantes.
En las
afueras de toda esa inmensidad de lujos y chatarra, a kilómetros de distancia,
los paisajes de la India
siguen siendo similares a los que se sumergía la vista décadas atrás.
Allí se
encuentra el refugio natural para elefantes “ Corazones de Marfil” , que
oficiaba para las personas que dejaban a su animal en una especia de
desarmadero occidental de vehiculas con vida.
Nada más
alejado de eso era lo que sucedía con el animal al ingresar al refugio. El
último elefante, con su experiencia de calle curtida sobre el lomo, lleva a
expensas una vida en la que siquiera conoció a su madre y su hábitat natural.
Ninguna persona del grupo de cuidados entiende como ese pequeño gigante de tres
años había sobrevivido, ni como nunca enloqueció y se atrevió a atacar a la
gente.
Los
primeros doce meses cambiaron mi vida para siempre. Este elefante había sufrido
tanto que parecía una tarea imposible adaptarlo, y hasta por momentos, cuando
interactuaba con otros animales resultaba por demás de violento.
Durante
las noches, cuando la rutina de los menores de cinco era echarse a los graneros
a refugiarse, el elefante lloraba hasta dormirse de cansancio, perturbando al
resto de los animales.
Fue
trasladado a un granero para él solo, y yo quede a cargo de su tutela. Cada
mañana lo montaba por kilómetros bajo un furioso rayo anaranjado de sol, que
parecía cicatrizar con su energía toda la piel de su lomo.
Lo que
más le gustaba era revolcarse en enormes charcos de lodo, y me maravillaba de
verlo largar agua hacia arriba con su trompa, en signo de felicidad. Verlo de esa manera me hizo dar cuenta que
la empatía con ese animal me generaba una paz conmigo mismo que todavía nunca
había llegado a experimentar.
Una
noche, cercana al año de su ingreso en al represa, cuando la luna se escondía
entre las nubes para solo permitir reflejar su brillo, el elefante volvió a la
zona de refugios después de compartir el día entero con los demás animales. Lo
espere por horas preocupado en su granero especial, pero los elefantes, al igual que algunas personas, aprenden a recordar
en silencio … pensé mientras me dormía pensando que quizá mañana llegaría
un nuevo elefante.
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