Desde que me mude al nuevo barrio, siempre dije a mis amigos
que la ‘estación Palmira’ iba a ser para problemas.
Lo peculiar era que nada sabía sobre ese lugar, mas que era
una antigua casa abandonada habitada por un centenar de gatos, estimaba.
Todas las noches, cuando volvía de mi turno nocturno de
lavavajillas, bajaba por la calle empedrada algo despitado, un fuerte olor me
marcaba que estaba caminando por territorio felino.
Fue una de esas noches, en la que bajo una lluvia
torrencial, apuraba el paso con un compañero para que no se nos mojen tanto los
instrumentos. Cuando pasamos por la casa de los gatos, un gato gordo y
anaranjado me rajuno el rostro y después de un alarido se metió corriendo para
adentro.
Nos detuvimos unos segundos en los que mi compañero aguantaba
la risa, pero yo ya no podía disimular mi bronca al tocar la sangre sobre mi
rostro.
Junte valor y entramos a la casa gritando y pateando todo,
pero al solo recibir unos gritos maullidos de gatos asustados, me di que ridículo
era mi enojo y le dije que paremos.
Cuando salimos de la casa, nos recibió una sombra desde el
frente, que nos preguntaba con una risa maliciosa si nos habíamos divertido pateándole
el culo a unos gatitos, pero no llegamos a responderle que nos replico que solo
quedaban de los más valientes, que los débiles ya se habían acobardado … escabulléndose
lentamente en la noche.
Después de llegar a mi apartamento todo mojados, pude
olvidarme del rajunazo y tocamos la trompeta varias horas, hasta que la lluvia
paro y fumando un cigarrillo llegamos a la conclusión que el tipo era un
demente.
Al día siguiente, me levante a media mañana, era mi único día
franco de la semana.
Había salido el sol muy fuerte e intentaba secarlo a todo de
poco, y al pasar caminando por la casa de los gatos en subida, me detuve al ver
una bicicleta encadenada al frente.
Me anime a entrar, sentía curiosidad por saber quién era el dueño,
también había recuperado la memoria y el enfado, y quería recriminarle el poco
cuidado de los animales.
Pero apenas cruce el pasillo colmado de gatos, una puerta de
abrió de un topetazo.
Un rostro
de mujer, con una belleza muy particular, me recibe abriendo los ojos
sorprendida.
Le pregunte si era la dueña de la casa, entonces ella se
relajo y unos segundos después me dijo que pensó que era un atacante que venía
a lastimar las mascotas. Me estiro su mano y me dijo que se llamaba Cecilia.
Me llevo a recorrer la casa y me conto su historia, que había
sido el hogar de un matrimonio muy adinerado en la década de 1920, y que su
ultima dueña había dejado que la propiedad la herede la municipalidad de
Rosario antes que su propia hija.
No le deje terminar su relato, que le pregunte sin pensarlo
dos veces si su voz no era la de la locutora que nombre los títulos en la radio
de clásicos del mediodía, a lo que me respondió riéndose que sí, que nunca la habían
reconocido, y que su trabajo estaba realmente en la produccion. Yo le dije que su
rostro era muy bonito y que debía incursionar en el cine más que en la radio, y
se rio mucho y me dijo que solo como directora.
Le acompañe a seguir alimentado los gatos cuando me comento
porque ella es la única que entra a ‘ la estación Palmira’ , como dijo ella, a
curar y alimentar los felinos.
Ahí supe por sus propias palabras cual era el verdadero
estigma social de esa casa. Hace aproximadamente veinte años comenzó a poblarse
de gatos. Todos los vecinos los querían y los protegían. Había una gata muy
grande y gorda que todos llamaban Palmira, la única que respondía a un nombre.
Una madrugada de 1998, dos chicas fueron brutalmente
atacadas, y luego tiraron sus cuerpos vivos a la casa junto a una jauría de
perros, que los mutilo y destruyendo todo el lugar comiéndose los gatos. Después
de la tragedia quedaron pocos gatos, pero Palmira seguía viva, aunque con sus
dos ojos lastimados. El caso nunca pudo ser esclarecido por los tribunales
provinciales.
Le pregunte que había sido de Palmira y me dijo que había
llegado
a conocerla, que de hecho había ayudado a parir a unos de sus gatitos,
Suricato, el macho alfa de la casa hoy en día. Cuando me los mostro y vi que
era el gato que me había atacado le conté mi historia y se rio mucho. Me dijo
que era posible que el gato haya reaccionado así porque alguien viene y les
envenena el alimentado, enloqueciendo a los más fuertes y matando a los más débiles.
Le pregunte si podía ayudarle a descubrir quién era el atacante, con la idea de
volver a verla de nuevo, y se sonrió sorprendida diciéndome que pase a buscarla
al día siguiente por la radio.
Cuando sonó el despertador a las siete de la mañana, decidí
tirarlo por la ventana y renunciar a mi trabajo para ir a buscarla a radio. Cuando
me recibió con tres baúles llenos de cables y cámaras de video, me di cuenta que
lo de ser directora iba en serio.
Llegamos a la estación Palmira con la idea fija de
transformarla en un set de filmación. Yo aprovechaba para imponer mis
conocimientos en la escuela técnica, y ella pensando en que lugares iban a
estar mejores ubicadas para tener ángulos de todos los lugares.
En tan solo unas horas montamos un reality show en la antigua casa de los gatos.
Verla a Cecilia y su afinidad con esas mascotas, y como esos gatos salvajes que
me atacaron confiaban solamente en ella, me hicieron sentir esa sensibilidad se
veía reflejado en sus gestos y su forma de andar.
Cuando todo comenzó a oscurecerse y salió la luna, le ofrecí
poner mi apartamento como bunker de monitoreo, a ver si esta noche podíamos encontrar
algo interesante.
Tomamos algunas tazas de café, pero no impidieron que nos quedáramos
dormidos en el sofá por el cansancio, mirando una película japonesa que nos convenció.
En el medio de la noche, tuve una pesadilla muy real, en la
que un gato intentaba atacar a un perro rabioso que ladraba muy fuerte.
Me desperté todo transpirado, y al instante me di cuenta que
Cecilia no estaba al lado mío. Unos segundos después entra a la habitación llorando
diciendo que acababa de ver por el monitor tres hombres que golpeaban una mujer
y la dejaban atada frente a unos perros.
Agarre una réplica de una pistola de juguete, que había olvidado
mi primito, y salí sin medir las consecuencias. Del apuro no me di cuenta que
estaba arriesgando mi vida, pero al escucharla gritar a ella por detrás y darme
cuenta que también estaba poniendo en riesgo su vida me hizo llegar al lugar
con un poco de miedo.
Pero nada hizo falta … los hombres se habían esfumado como
sombras, y la chica estaba lastimada pero con vida gracias a dios, con un gato
gordo con los pelos de punta a su lado, viendo como se desangraban dos perros
de caza unos metros más allá.
