Era mi primer día de primavera en mi país luego de tres anos
de viaje. Todos los parques en el Japón
tenían su césped purpura por la invasión de cerezos, y junto a un lago
sentí el paso del tiempo.
Hubiera querido estar en ese momento junto a esos amigos que
tanto añoraba en el extranjero, o con alguna de todas las mujeres que había
estado en mi vida antes de partir, esas que extrañaba en los momentos
dificultosos allá en Europa. Sentí el paso del tiempo porque me di cuenta por
primera vez que ya no me pertenecían, esa distancia, fue la que hizo que solo
me perteneciera lo que estaba por venir.
Ese mismo día por la noche, me reuní con los antiguos amigos
en el departamento de una chica en el centro de Tokyo. Brindamos con champagne
después de los postres y después que se fueron todos me quede conversando con
la dueña de casa. Era atractiva y era occidental también, me dijo que había
nacido en Gales, pero era gerente de una empresa de publicidad que trabaja con una marca deportiva muy famosa y
accedió a venir al Japón. Quise mostrarme como un hombre de mundo y
conquistarla esa noche, y lo conseguí. Recuerdo que a la mañana siguiente nos
comportábamos como si ya nos conociéramos de siempre, y cuando la lleve a su
oficina en mi coche me costó despedirme.
Esa semana siguiente ocupe todo mi tiempo en conseguir un
nuevo trabajo, mientras que ella tuvo que volar a América por unos días para
rendir cuentas en la casa central de la marca. No podía encontrar ninguno y un
familiar cercano me pregunto si mi voluntad de trabajar era real, lo cual le respondí
que si, y me llevo durante el fin de semana a Saporo para aprender a asesorar
para una empresa de publicidad que trabaja por todo el país.
Estaba volviendo de comprar cosas por el Odori Park cuando a
una altura las dos avenidas de alrededor de los arboles estaban cortadas por
manifestaciones antiambiantales. Fue entonces cuando decidí girar hacia mi
derecha y tomar el mismo camino, una cuadra más al costado. Cuando sin darme
cuenta fui abordado por unos muchachos agresivos que se movían alrededor de los
manifestantes, culpaban mi conducta de pasar delante de ellos sin colaborar con
su causa, y encima la policía estaba muy lejos.
Me golpearon y fui hospitalizado. Me dijeron que tenia que
hacer cuatro de días de reposo. Y en una casa de un amigo de mi tío me alojaron
para descansar.
Recibí llamadas el penúltimo día de mi amiga Galesa, y no sabía que
responderle. El recorrido de su piel había sido borrado por la paliza y el
temor a perder la vida.
Recién había empezado la primavera, y solo me desvelaba la
promesa de que buscaría a una mujer que sea mi otro yo atraves del espejo … una
promesa realizada con los ojos cerrados por el temor, y la tristeza de no haber
vivido el verdadero amor, ese que a veces florece en la primavera japonesa.
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