Rosario era una mujer que no se dejaba regir por las modas
ni el que dirán de los hombres. Rechazada por ambos sexos
por igual, ella se pasaba las horas retratando los lugares más
bellos de su homónima ciudad. Entre sus mejores cuadros
estaban el Monumento a la Bandera, las Cuatro Plazas y el
puerto.
Una de tantas tardes en soledad, una pareja de bailarines
contemporáneos saliendo del teatro El Círculo, le pidieron
que los retratara besándose. Apoyo su pincel sobre un
viejo lienzo y a cada pulso dibujo los contornos de los
amantes como si fueran sus propios deseos de amar,
denegados …
Al dia siguiente se sintió tan vacía que se juro no volver a
pintar una figura estatica, ningún monton de cemento que
represente la belleza solitaria , solo retraria su propio amor,
un acto de egoísmo echo papel y pintura. Pero nada fue fácil,
ese verano de 1985 paso de sol a sol sin presentarle el
destino ni un hombre ni una mujer que le arranque ese trazo
del alma …
Una noche se fue a dormir tan triste que le pidió a Dios que
la dejara durmiendo treinta anos antes de seguir viviendo
una vida sin amor. Entonces se sumergió en el mundo de los
suenios por tres décadas, retorciéndose, transpirando,
recordando, mezclando todo su sentir … hasta que
sobresaltada, una maniana se dio cuenta que volvia a
disponer de la fuerza de su cuerpo.
Salio corriendo a la calle sin siquiera verse, y en una tienda
de espejos se tranquilizo de seguir siendo joven. Camino por
la ciudad de Rosario y parecía la Nueva York de las viejas
películas futuristas que nunca existieron. Estubo vagando por
horas hasta que volvió a su casa, y la fascinación por la nueva
ciudad le hizo sacar del closet sus lienzos y sus colores.
Cuando llego a la ex estación de trenes del centro, vio a un
grupo de mujeres hacer acrobacias sobre telas de tantos
colores como los que traia en su valija. Una chica rubia
sobresalió de las demás, contorsionando todo su cuerpo al
ritmo de una música que desconocía.
Se acordó entonces, de los motivos que la encerraron en su
cama , y lamento el paso del tiempo. Cuando terminaron de
entrenar , se acerco a la bailarina rubia, y se dijeron sus
nombres. Casi sin hablar Rosario y Andrea sintieron empatía,
como si el paso del tiempo, el sexo, o el temor a romper el
hielo, o ser hombre o mujer no hubieran existido hoy ni hace
treinta anios.
Sin saber bajo que palabras mediante, se besaron contaron
sus vidas y prometieron futuros retratos y danzas.

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