A las doce y media de la madrugada del 25 de abril de 1974 se emitía por Radio Renascença la canción Grandola, vila morena; era la señal elegida por los capitanes del Movimiento para dar el golpe de estado.
Empuñamos nuestras armas contra nuestros propios líderes, mientras que en las calles de Lisboa los ciudadanos recibían a nuestra marcha con claveles, el clavel, fue el símbolo de los acontecimientos para los libros de historia. De repente, la libertad irrumpió en el pueblo como un viento, que hizo que los obreros tomen sin violencia automáticamente el control de las fábricas desplazando a empresarios e interventores, y las puertas de las que habían cerrado tenían las cadenas rotas y pedían un nuevo plan económico nacional. Yo era un joven oficial que nacía en el mundo de la política bajo las brasas de estas cosas, mientras que el resto de mis compañeros venía de ver como el resto se moría en tres guerras diferentes en reconditos lugares del África, asesinados y mutilados por gente que defendían lo suyo y debían asesinar.
Habíamos tocado el cielo con las manos.
Poco después, cuando los planes de gobierno hacían pie para ponerse en marcha, los mismos correlagenarios que marcharon por las calles pensaron que los claveles eran solo los que caían de los apartamentos, y desplazaron a los obreros de las direcciones de la fábricas argumentando que debíamos abrirnos al mundo más que a nosotros, que ahí se competía. Descubrieron que para dominar África no necesitaban masacrarlos, que quizá el nuovo mundo giraría en explotar económicamente esos espacios geográficos. Los claveles se transformaron en democracia, con parlamento y votos. También se transformaron en televisión, ropas y excesos que hicieron pensar en que era una noche de abril de 1984, y ya no era ni joven ni oficial, en las que mis ideas políticas morían bajo las brasas de estas cosas, mientras volvían a realizarse elecciones sin sentido entre los participantes.
Se cerraron las urnas, y algunos curiosos se quedaron a ayudar al escrutinio para ver quien ganaba. Algunos obreros que tomaron fábricas se cruzaron con los nuevos administradores que los echaron y tomaron las mismas. Pero el mundo había cambiado tanto que ya ni se reconocieron.
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