Me llamo Julieta Ocampo, soy rosarina, con 33 años recién cumplidos.
Es nuestro cuarto día de luna de miel, y
recorro sola, con mi cámara fotográfica, los pasillos que encierran los arcos
del Palacio Ducal de Venecia.
Un sol de verano deja colorados mis brazos, que estaban
acostumbrados a los abrigos y resguardos de la gris ciudad. Cuando llego por
fin al Puente de los suspiros, me
detengo a la mitad para observar como pasea por el medio del canal una canoa
con una pareja de turistas.
Me acorde de Francisco, mi esposo. Recién debería estar despertándose,
se acostó algunas horas después que yo, se quedo leyendo un libro de Truman
Capote en el balcón de la habitación del hotel, fumando toda la noche. Yo tampoco
me acosté temprano, me quede recostada en mi cama mirando su sombra atraves de
esas cortinas de seda, que suavizaban esa sensación de que todo había vuelto a
la normalidad.
Somos pareja desde el último año de cursado del colegio
secundario, en el instituto privado San
Juan Bautista de la Salle. Nos dimos nuestro primer beso en el viaje de graduación
a Cancún, lugar predilecto del turista argentino en los 90s. Estábamos entre las palmeras y el agua
cristalina cuando lo presione para que se presentara a mis papas antes que
hagamos el amor. Estábamos a fin de
siglo, y ninguna de mis compañeras creía ya en esas cosas. Yo tampoco, pero
nunca creí que su extraña fidelidad hacia mi hubiera comenzado aquel día, con
muchos menos me hubiera hecho mujer entre sus brazos antes que regresáramos a
la Argentina, pero no fue así.
Los próximos diez años pasaron así. De las tardes de domingo
en la casa quinta de mi padre, donde desde que presente a mi primer novio deje
de ser la rara de la familia, a esas noches en mi departamento al lado del rio,
donde al cabo de un tiempo mi insistencia a no quedarme sola hizo que fuera de
los dos. Francisco empezó a trabajar en el estudio de abogados de papa y al
poco tiempo empezó a llegar cada vez mas tarde. No me sentía realmente feliz,
el casi nunca me tocaba, de hecho nuestra relación nunca había sido muy carnal.
Estaba llegando a los 30 años y sentía como desperdiciaba mi vida. Mi padre se
entero de mi tristeza y lo presiono para que nos comprometamos, y
así pasamos
este último tiempo.
Siempre había escuchado en bocas de mis amigas, y a mis
espaldas también, que Francisco era homosexual. Siempre tuvo comportamientos
refinados, alguien podría pensar que afeminados, pero nunca en la vida me anime
a preguntárselo.
Esa tarde en el registro civil de calle Wheelwright, su
retraso de media hora me hizo bajar la presión y ponerme blanca del miedo, del
miedo de saber que todo era una mentira. Todas mis ex companeras, el estudio jurídico
de papa, los parientes de mi mama y toda su familia me miraban como una loca,
la única que no me daba cuenta de nada.
Solo mi amiga Diana se animo a levantarse de su asiento y llevarme al baño.
Ahí entre lagrimas me quebré y le
pregunte, sin rodeos, si ella pensaba de corazón que Francisco era puto.
La mire a los ojos atraves de mis lagrimas, y lei su
silencio como una condena. Fueron dos segundos, un instante, en lo que pensé que
todo lo que creía era amor hasta entonces era mentira … cuando un portazo me
hace ver por el hueco de la escalera a Francisco entrando al registro civil.
Estaba acompañado por un hombre, lloraron, se abrazaron y subieron juntos a la
sala principal.
Cuando dimos el SI y nos besamos delante del notario, me
tomo del rostro y nos miramos a los ojos, me dijo que amaba, y di un suspiro como nunca antes lo había dado.
Hoy recuerdo su rostro, diciéndome esas palabras, en el
medio de este puente en Venecia. En este mismo lugar, durante el siglo XVII ,
se trasladaban a los presos políticos y delincuentes comunes a la prisión de la
Inquisición. Cuenta la leyenda que el
famoso puente lleva este nombre en honor a los prisioneros que miraban el rio
por el puente antes de llegar a su celda.
Me
los imagino con ese mismo rostro de Francisco, y dando un suspiro como el mío.
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