Había
esperado todo el verano para cumplir con mi tesis de retratar las iglesias del
sur de Francia, y confiaba en que en los colores y lienzos de mi valija cabían
las bellezas del ser humano.
En pocas
semanas, había dejado a un lado años de formas y contrarreformas, para abrazar
un halo de espiritualidad que pese a esos tiempos de teorías y razonamientos,
parecían complementarse en mi corazón como si el comunismo y el catolicismo
fundaran una escuela que cure el alma y alivie el cuerpo. Estaba decido a ir
por todo, a ensimismarme en mis sentimientos cual si estubiera en un
monasterio, a trazar las líneas de las cúpulas de las iglesias con el mismo
esmero con que se diseño Notre Dam. Durante que me hospede en ese motel
céntrico, venía a mi mente el recuerdo de mi primera visita a la catedral del
famoso jorobado de Disney. Participamos de la misa todos los alumnos de las
escuelas religiosas de París, que nos preparabamos en la víspera de nuestra
primera comunión.
En muy
pocos días pinte algunos de los mejores y más finos cuadros de toda mi carrera, haciendo que por las noches me
debata sobre cual escoger para la exposición a mi regreso a la capital. La
casera donde me hospedaba era una señora gentil, entrada en años, que al
servirme el desayuno correspondiente a cada día, endulzaba mis oídos con las
biografías de los santos con que habían nombrado a las iglesias que visitaba
cada tarde. Una mañana, repentinamente, la mujer cayó enferma y al ser yo el
huésped más antiguo del motel acompañe al doctor y tome sus recados.
Era una
enfermedad fulminante, lloramos, nos abrazamos, y en silencio prometimos
acompañarnos. A medida que pasaban las semanas ella mejoraba levemente, y yo
había dejado de pintar para cocinarle, atender el hospedaje nuevo y salir a
trotar por la playa en las tardes. Mis ideas parecían acomodarse, lentamente me
despegaba de la frivolidad del arte, y dejaba de encontrarle sentido alguno.
Estaba
haciendo planes para pasar allí el resto del otoño y del invierno, cuando
sorpresivamente la mujer decayó rapidamente y todo llegó a su fin. Esa última
noche, en el poco rato de conciencia que le permitió la fiebre, me contó que
tenía una hija, que se llama Nair, y que vive en Reims. Me pidió que le cuente
que había muerto repentinamente y durmiendo, para que la joven no le guarde
rencor por ocultarle la enfermedad.
Logre
comunicarme con ella, y a su llegada le acompañe a llevarle unas flores al
cementerio. Nos contamos nuestras vidas, ella una joven pastora evangelica de
veintidós años, yo un varón de veinticinco que aún no sabía que hacer de sí
mismo.
Cuando
regresé a París, no sabía explicarle a mis amigos la culpa que me generaba
volver a esa responsabilidad del ocio cotidiano, mi cuerpo clamaba volver a
sumergirme en misión de Dios alguna. Tome un tren a Reims, y luego busque donde
dijo hospedarse Nair, pero en el templo nadie parecía conocerla.
Me
quedaban aún dos días de hospedaje, y por las tardes recorría la ciudad sin
dirección alguna y con el corazón en la mano. Al final de un recorrido me tope
con la capilla de San Juan bautista de la Salle ,y con lagrimas en los ojos vinieron a mi
esos relatos de santos durante el verano. Compre
un lapíz y un cuaderno, para luego retratar la capilla como si fuera la primera
vez que dibujaba.