jueves, 17 de marzo de 2016

UNA CAPILLA EN REIMS

Había esperado todo el verano para cumplir con mi tesis de retratar las iglesias del sur de Francia, y confiaba en que en los colores y lienzos de mi valija cabían las bellezas del ser humano.

En pocas semanas, había dejado a un lado años de formas y contrarreformas, para abrazar un halo de espiritualidad que pese a esos tiempos de teorías y razonamientos, parecían complementarse en mi corazón como si el comunismo y el catolicismo fundaran una escuela que cure el alma y alivie el cuerpo. Estaba decido a ir por todo, a ensimismarme en mis sentimientos cual si estubiera en un monasterio, a trazar las líneas de las cúpulas de las iglesias con el mismo esmero con que se diseño Notre Dam. Durante que me hospede en ese motel céntrico, venía a mi mente el recuerdo de mi primera visita a la catedral del famoso jorobado de Disney. Participamos de la misa todos los alumnos de las escuelas religiosas de París, que nos preparabamos en la víspera de nuestra primera comunión.


En muy pocos días pinte algunos de los mejores y más finos cuadros de toda mi  carrera, haciendo que por las noches me debata sobre cual escoger para la exposición a mi regreso a la capital. La casera donde me hospedaba era una señora gentil, entrada en años, que al servirme el desayuno correspondiente a cada día, endulzaba mis oídos con las biografías de los santos con que habían nombrado a las iglesias que visitaba cada tarde. Una mañana, repentinamente, la mujer cayó enferma y al ser yo el huésped más antiguo del motel acompañe al doctor y tome sus recados.

Era una enfermedad fulminante, lloramos, nos abrazamos, y en silencio prometimos acompañarnos. A medida que pasaban las semanas ella mejoraba levemente, y yo había dejado de pintar para cocinarle, atender el hospedaje nuevo y salir a trotar por la playa en las tardes. Mis ideas parecían acomodarse, lentamente me despegaba de la frivolidad del arte, y dejaba de encontrarle sentido alguno.


Estaba haciendo planes para pasar allí el resto del otoño y del invierno, cuando sorpresivamente la mujer decayó rapidamente y todo llegó a su fin. Esa última noche, en el poco rato de conciencia que le permitió la fiebre, me contó que tenía una hija, que se llama Nair, y que vive en Reims. Me pidió que le cuente que había muerto repentinamente y durmiendo, para que la joven no le guarde rencor por ocultarle la enfermedad.


Logre comunicarme con ella, y a su llegada le acompañe a llevarle unas flores al cementerio. Nos contamos nuestras vidas, ella una joven pastora evangelica de veintidós años, yo un varón de veinticinco que aún no sabía que hacer de sí mismo.


Cuando regresé a París, no sabía explicarle a mis amigos la culpa que me generaba volver a esa responsabilidad del ocio cotidiano, mi cuerpo clamaba volver a sumergirme en misión de Dios alguna. Tome un tren a Reims, y luego busque donde dijo hospedarse Nair, pero en el templo nadie parecía conocerla.


Me quedaban aún dos días de hospedaje, y por las tardes recorría la ciudad sin dirección alguna y con el corazón en la mano. Al final de un recorrido me tope con la capilla de San Juan bautista de la Salle ,y con lagrimas en los ojos vinieron a mi esos relatos de santos durante el verano. Compre un lapíz y un cuaderno, para luego retratar la capilla como si fuera la primera vez que dibujaba.