lunes, 21 de octubre de 2013

RETRATO DE

JUNE 2012

Es mi primera tarde de verano en Nueva York, y camino solo bajo el sol por el verde  de central park. Llevo bajo mi brazo una gran carpeta con cuatro lienzos, los cuales intente vender sin éxito durante la mañana, en diferentes galerías de la ciudad.

Me siento en un banco alejado a descansar, cuando busco un cigarrillo de marihuana en el fondo del bolsillo de mi traje, sin éxito. Cerré los ojos y conté hasta diez, cuando de repente esa sensación de desesperación empezó a descender lentamente.
Saque de la carpeta los lienzos con mis dibujos, buscando relajarme, y comenzó a observarlos y a recordar los sentimientos que me habían llevado a crearlos, pero en solo unos segundos, toda esa belleza fue opacada por el recuerdos de aquellos comerciantes de arte que decían no comprender mis dibujos.

Mire al cielo y al ver la inmensidad, di un suspiro y baje la vista. Fue en entonces cuando me encontré en frente mio  una bella mujer de mi misma edad, que se sienta en el otro banco  y suelta su cabello.
Por un instante me sentí como durante mi adolescencia, en el distrito federal de Mejico. Todavia no había echo ningún dibujo, ni había echo el amor a una mujer.
Seguí observándola mientras sacaba un refresco de su cartera, y reconocí en sus rubios cabellos y sus blancas piernas el rostro de Agustina Luchetta.

La había conocido a los catorce años, cuando en el internado escolar nos llevaban al predio de Gimnasia y Esgrima donde ella practicaba Tenis. Luego de los tiempos de descanso me quedaba mirarla practicar y habíamos echo amistad, cosa novedosa para el transcurso de esos días , en los cuales me juntaba solo con varones en el internado.

Yo sabía que para ella que para ella era una sincera amistad. No sé como describirla con palabras, pero ella era la chica más linda que había siquiera visto hasta entonces, estaba adonadado de su mutua confianza, me conformaba con eso y me alcanzaba para pensar en ella cada noche.
Luego de ese año escolar, nos vimos algunas veces ese verano, en algunas juntadas del grupo escolar con los grupos de esgrima y tenis, por la amistad deportiva. Pero ya hacía tiempo no hablábamos y eran demasiados los chicos que se le acercaban por su belleza, entre ellos algunos de mis amigos.

Por suerte, dos anos después el internado permito el ingreso de mujeres, y los cambios de época me permitieron charlar con ella alguna que otra vez más.

Entonces me acerque a su banco, y al hacer contacto nuestras miradas me di cuenta que no era Agustina.

Por un instante casi me muero de vergüenza, pero la chica me dijo en ingles que me siente, pensando que quería venderle uno de mis dibujos.
Se los mostré uno por uno, y dejándome llevar por su encanto, y el recuerdo de mi ex compañera, se los explique y le pedí que elija uno, que se lo regalaba.

Pero ella, al ser americana, pareció leer en mi mirada lo difícil que puede ser relacionarse y vivir como pintor que lleva su trabajo bajo el brazo en la gran manzana.
Me dio la mano y una sonrisa, y me dijo que se llamaba Jenny. Su parecido con agustina era casi como un espejo.

Le gusto uno de mis trabajos de mis últimos días en Mejico, de dos chicas morenas abrazadas a un hombre armado. Me dio cincuenta dólares, y le dije que me parecía mucho, que mi intención inicial era regalárselo. Entonces me sonrió y me agradeció, y me dijo también que mi rostro le resultaba familiar pero no sabía explicar de donde.
Quise hablarle del dibujo, pero al instante me dijo que no le interesaba la política. Sonreí y me abstuve de seguir explicándole que ese modelo de mujer era el que se imponía desde aquí a los barrios latinoamericanos.

Pero me tomo de la mano como lamentándose, y me dijo que lo había elegido por el dibujo. Me ayudo a guardar los demás lienzos y la acompañe, cruzando todo el parque, hasta su apartamento en la quinta avenida.
Me saludo amistosamente y me dijo que esperaba encontrarme nuevamente por el parque.











JULY 2012

Lunes.
Los días pasaban en el calendario, y todavía no podía vender ninguno de mis nuevos cuadros en alguna galería.
Frecuente central park varias veces esta semana para encontrar a Jenny, pero nunca volvió y ahora me resulta un lugar un poco fastidioso.

Me enviaron un poco de dinero y al fin pude rentar un apartamento con aire acondicionado. Para llegar a el cada noche, tengo que pasar por la casa donde la deje aquella vez.

Deje de hacerlo, pero al principio, me detenia en frente y observaba a su ventana mientras disimulaba tomar un café o un refresco. Pero solo encontraba cada luna a la misma señora de avanzada edad con la mirada perdida en algo, o tejiendo.

Viernes.

Tuve que volver a pasar por casa de Jenny, pero esta vez porque en una galería de su misma cuadra pude vender mi primer cuadro.
Me pagaron seis mil dólares y la encargada del lugar me dio muchos elogios. El seguridad de la galería ya estaba casi echándome cuando ella me dice que había tiempo hasta el primero de agosto para competir por un premio especial de cincuenta mil dólares en la categoría retratos masculino y femeninos, por la gala del 75 aniversario de la Sra Vanini, dueña del lugar.

Desde entonces no estuve pensando más que en el rostro de Jenny para retratarlo, pero solo aparecía en mi mente la imagen de Agustina.
Me había tomado la competencia como cosa seria, por eso pedí que me mandaran un cajón con viejas fotos del internado. Mientras esperaba que llegue mi encomienda no dejaba de hacer bocetos, creo que ya había superado los cien, cuando decidí terminar y elegir uno.
Ninguno logro convencerme.
Aunque esos últimos días habían sido realmente inspiradores. Me había quedado tres días trabajando sin parar en ellas. Todos eran honestamente bellos, pero sabia con cual quedarme porque unos me recordaban a Agustina y otros a Jenny.

Ya era treinta del mes cuando por fin recibí mi encomienda, y pude ver el rostro de Agustina y sus rubios cabellos nítidamente por primera vez en mucho tiempo.
Me emocione y al mismo tiempo me entristecí.
Me acorde de mi mismo a esa edad, entonces, al sentir el paso del tiempo, casi una década, pude verme reflejado entre ese chico que no necesitaba más que verle el rostro a una compañera, y este hombre que necesita vivir volando su mente por el aire, para conseguir esa belleza que supuestamente obtiene la gente en la cosas cotidianas, cosas cotidianas que aprendí después de años, buscando este retrato.

Pero luego de pensar eso, unos minutos después, me sentí liberado después de mucho tiempo, y pude concentrarme para hacer un último esfuerzo con el pincel.

Dibuje el rostro de Agustina tomado de una fotografía en el parque, en la que justamente se tapaba el rostro sonriente con una de sus manos.

Cuando lo remarque, tuve que pensar que detalles ponerles al rostro.

Entonces se me cruzo por mi pulso la misma sensación que ya había sentido una y otra vez, cuando recién conocía a una mujer y me enamoraba.

Fueron pocos segundos en los que al despegar el pincel, me sentí triste por dejar una parte de mi en el papel. Pero fue solo un instante, me alegre por tener mi trabajo ya listo.











AUGUST 2012

El concurso era artísticamente hablando, algo mediocre, aunque la gala era de un lujo espectacular.
Luego de una hora de exposición retiraron los cuadros y pusieron unas mesas, y a las diez y punto de la noche bajo de una escalera redonda, para mi sorpresa, la señora que veía esos días en el apartamento donde había dejado a Jenny.

Ella era la Sra. Vanini, quien dio un pequeño discurso y luego de abrir un sobre me nombraron ganador. Me puse feliz y subí al pequeño estrado que habían improvisado, pero cuando ella me vio cambio radicalmente su rostro.

Después de la premiación ella se retiro automáticamente, y una secretaria me dijo que un coche me esperaba afuera , que la señora quería conocerme.

Cuando estacionamos en el apartamento donde había dejado a Jenny se me paralizo el corazón, pero tuve que concentrarme porque al entrar la Sra Vanini me esperaba muy fastidiosa.

El hall de la casa estaba lleno de fotos de Jenny, y por primera vez pude notar la diferencia con el rostro de Agustina.
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En ese mismo instante, la Sra. Vanini comenzó a llorar desaforadamente y a golpearme, diciendo si yo le estaba tramando alguna broma macabra.
Logre tranquilizarla, bastante desconcertado, y le dije que conocí a Jenny en central park hace aproximadamente un mes.

Me dijo que no podía ser posible, que Jenny su hija había muerto en 1993, de sobredosis en una fiesta rave, era estudiante de arquitectura y dibujante como yo.


Me largue a llorar y ella también. Me sirvió un café y escuche la vida de Jenny, me entristecí porque nunca volvería a ver a Agustina, y una parte de mi se había ido con el premio, como me paso con aquel pincelazo.