viernes, 14 de junio de 2013

EVITA & MADONNA


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Era una más de esas tardes de verano, del 96’ estoy seguro,  en las que entre los hombros de una multitud que viene y que va, logro distinguirla a mi paso por delante.

Llevaba su color de cabello habitual, un negro oscuro como el cerrar de los ojos, pero esta vez tenía un pequeño detalle, su larga cabellera estaba ahora cortada hasta sus hombros, y rapada en un costado. Las demás partes de su cuerpo seguían acomodadas igual que siempre, erguidas bajo un par de tacos y cubiertas por su blanca piel.


La seguí a paso lento, observándola, por diferentes puestos de las galerías de San Telmo comprando acrílicos y mirando medallas de guerra de la Europa del Este. Un anciano se le acerca y le dice que tenga cuidado, que esas baratijas lo son porque vienen infectadas de la reacción nuclear de Chernobyl, contrabandistas las robaron de las casas abandonadas y las venden a otros países. Ella deja un par de medallas sobre el tablón del puesto, y creo que ahí fue que la vi reír por primera vez.

Minutos después su rastro ya me había llevado hasta Plaza de Mayo, lugar en el cual la perdí de vista por el resto del día. Un agente de seguridad privada me detuvo y en un segundo de distracción mi musa se había perdido entre esa multitud. Cuando me puse a pensarlo, el agente había terminado de decirme amablemente que si podía dirigirme hacia el costado de la plaza porque estaban rodando una película. Vi pasar los equipos de trabajo con sus cámaras , y junto con ellos iban acompañados un grupo de bailarines vestidos de obreros industriales con pancartas de los 50. Me dio mucha gracia y volví a mi apartamento a esperar que se haga la hora.



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El timbre del apartamento retumba en mis oídos tres o cuatro veces y me fastidia. . - Señorita Gala.-  escucho desde mi habitación, mas tres golpes a mi puerta. Después de unos segundos de silencio, vuelvo a escuchar otros tres golpes y la voz del repartidor de diarios llamando por mí.

Me levanto sobresaltada y voy hacia la puerta, recojo el periódico y me despido rápidamente con un portazo, cuando otros tres golpes instantáneos me hicieron recordar que no le había pagado. El rostro del vendedor me resultaba familiar, pero no le preste atención. Me miraba fijamente como si esperara algo más de mí, y luego de unos segundos incómodos cerré la puerta sin despedirme.


Miro el reloj de pie de madera y son las once de la mañana. Abro las cortinas y un sol radiante inunda la habitación.


Camino descalza entre los lienzos y los pinceles desparramados por el suelo, toda la pared estaba inundada de color violeta. Preparo un exprimido de naranjas y leo la portada del diario Clarín sobre la mesada.



“Termina rodaje de la película Evita. La actriz estadounidense Madonna filmo la última y esperada escena en nuestra plaza de Mayo. Hoy la espera el presidente Carlos Saúl Menem en Olivos.”





Estaba acompañada por una foto de la cantante sobre el balcón de la Casa Rosada, y por debajo una multitud de actores simulando ser obreros industriales.



Recorte la foto y la pegue en la pared. A su lado también recorte y pegue otra de la cuarta página del diario, donde los verdaderos obreros especializados se quedaban sin trabajo por el cierre de fábricas y mantenían una huelga de cuatro meses. Uno de los delegados llevaba una pechera con el rostro de Evita.

Lo encerré en un circulo de pintura amarilla en un solo pincelazo, y lo bautice  “Madonna & Evita Perón “.



Encendí media tuca de porro que había quedado de alguna noche anterior y me quede sola en mi habitación,  observando mi pared, llenándome del sol de la ventana del noveno piso, donde solos los pájaros podían verme reír o llorar cada noche o cada día.

Siento golpear de nuevo mi puerta, y me acerco a abrir más relajada. Es otro chico que dice ser el vendedor de periódicos,  le digo que ya se lo compre a otro chico que me parece raro. Me miro y sonrió, yo no llevaba casi ropa, sonreí yo también, me tape y cerré la puerta.
                                          

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Pedaleo la ultima cuadra a toda velocidad y dejo sobre la escalera del edificio una pila de diarios viejos. Paso apurado entre los vecinos y al ver la cola del ascensor seguí mi paso hasta las escaleras.

Sobre la mesa hay ropa apilada para lavar, y una nota de mi padre diciéndome que esa noche volvería tarde. Deje todas mis cosas y fui directo a mi habitación, donde luego de romper la oscuridad con un pequeño velador escondido, acomode mi telescopio desde mi ventana.

Acerque aun más el lente y la vi de lleno a ella, cerrando la puerta y pintándose de rojo fuego los labios. Se acerco a la pared y beso un papel de diario, marcando su boca con el rouge. Apago las luces y se fue de su casa.


Pasada media hora tome coraje y fui en mi bicicleta nuevamente hacia su edificio. Dejo pasar el ascensor y subo por las escaleras, sin encontrar a ninguna persona. Era viernes. Miro hacia ambos costados, y al quedarme tranquilo de no encontrar la llegada de nadie, use por primera vez en mi vida una enseñanza de la vieja escuela técnica, la cerrajería. Forcé la puerta y al instante un perfume de mujer hizo que una presencia ausente le de relevancia a cada objeto y color de la casa.



Deje la puerta entrecerrada con mucho cuidado y después me acerque hacia al living, para tocar con mis propias manos esa pared violeta que veía desde el telescopio de mi padre hace días.

Me detuve unos segundos a leer el recorte de la pared marcado con rouge y recordé cuando había visto esos mismos actores. Al principio me volvió a dar gracia, pero solo unos instantes después me invadió una profunda tristeza.


Me lleve para mi apartamento el recorte del diario, y un marco con una fotografía en blanco y negro de su rostro, desnudando sus finas pecas.

Antes de salir con mi bicicleta de la cuadra miro para todos los costados, estoy transpirado, no veo la hora de volver a estar tranquilo y solo en mi casa.



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Suena el teléfono en el ultimo rincón de la oficina, y que nadie vaya a atenderlo me pone nerviosa. Mis viejas compañeras suelen fastidiarse cuando las apuro en su trabajo desde que soy la jefa. Mariano se fue al estudio de Rosario y el que yo haya quedado a cargo fue una cruz mas para las espaldas de su envidia hacia mí por ser joven, pero realmente por ser tan desinteresada en los temas del trabajo. Creo que por eso el me eligió.


 Todas las tardes intento no dejarme opacar por los tristes grises del trabajo, esos que oscurecen los colores que danzan en mi mente a la hora de trabajar en mi arte, sola en mi apartamento.


También intento en las búsquedas de esos colores amarme a mí misma, para tener fe de que cuando el amor vuelva a plantarse delante de mío, poder reconocerlo. O quizás no, quizás realmente quiero amarme a mi misma solamente, sé que es un color por conocer.



Suena el teléfono una vez más y alguien se acerca a atenderlo. Me dicen que es para mí, y cuando escucho que esa voz dice ser un policía quedo helada por unos segundos. Habían forzado la puerta de mi apartamento, el portero se había dado cuenta hacia media hora y me requerían para que vaya a verificar que elementos me habían robado y erradicar seguramente la denuncia.



Cuando llegue al apartamento no encontré más que mi desorden de siempre. Reconocí solamente que faltaban mis recortes de la pared del living, pero no eran lo suficiente para erradicar una denuncia, más cuando ni siquiera habían tocado el dinero que había sobre la mesa de luz.
Todo me pareció extraño así que cuando la policía se despidió no busque otro plan más que pasar la noche acompañada por el temor.




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Esa noche en la que mi padre no estaba, no la mire por el telescopio ni una sola vez.


Pase las primeras horas pintando las paredes de mi habitación con acrílicos que me lleve de su apartamento, el mismo violenta era el fondo ideal para crear de nuevo ese perfume entre mis cuatro paredes.



Pegue la fotografía de su rostro en el centro de la pared, y a su alrededor un trozo del recorte con la figura de Madonna, y al otro lado una estampita de Evita Perón. A ambas las encerré con un círculo de pintura amarilla.



Me siento unos minutos a mirar mi pared, y luego tomo el otro recorte, el de la fábrica en huelga, y escribo unas líneas.

Junto voluntad y voy en mi bicicleta hacia el apartamento de la vuelta por tercera vez.



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Hace solo treinta minutos que terminamos de hacer el amor, y mi compañía de esa noche ya había terminado de bañarse y estaba listo para largarse. Fue en ese momento en el cual me pare para deambular por la casa, buscando como explicarle mi temor a quedarme sola, cuando vi un papel que pasaba debajo de mi puerta.


Lo miro y quedo helada. Lo llamo a el.  Era el recorte del diario que me faltaba. Miro la foto de los obreros, y cuando veo el reverso estaba escrito finamente con una pluma :

En un mundo donde las causas colectivas desaparecen, la única forma de hacer latir un corazón es el amor hacia otra persona.



Cuando se acerco a mí para ver qué pasaba, sentí el deseo interior de gritar y que no se entere, ni del grito ni de la carta. Pero no. Apenas vio el recorte del diario  se dio cuenta que era el ladrón que dejaba un mensaje extorsionador, agarro su campera del seleccionado olímpico y bajo corriendo las escaleras en su búsqueda.


Me quedo unos minutos pensando en el apartamento junto a mi soledad, y me doy cuenta que sería muy cobarde si no me arriesgo a tratar de averiguar quién era mi poeta secreto.


Bajo por el ascensor y al llegar al palier veo por los vidrios que mi amante del gimnasio corría doblando la esquina.

Cuando llego hasta allí, veo como desfiguraba a golpes en el piso al presunto ladrón, con golpes de puno y anillos de metal. Sentí en mi corazón como toda esa furia que salía de su cuerpo, era la testosterona de su propia hombría, y en ese hecho solo buscaba diversión, no el defender mi honor.

Me acerque asustada y le pedí por favor que pare, que se detenga. Al ver con mis ojos que cada palabra de mi voz aumentaba el tamaño de su sonrisa, y la fuerza de cada golpe, decidí tirarme arriba de él y darle una fuerte patada.

En menos de un segundo su cuerpo quedo fuera de sí, y me alejo de un fuerte cachetazo. Caí al piso, el se detuvo ahí, quieto, dándose cuenta el error que había cometido al golpear a la mujer que defendía. Todo lo heroico de su acto anterior quedaba en la ruina.


Se aleja lentamente diciendo que había sido una estúpida y que me olvidara de él. Sobre el ladrón misterioso ya no tendría que preocuparme, yacía desmayado a golpes en el piso.




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Cuando desperté luego de tres semanas, estaba acostado lleno de tubos en la cama de un hospital.

En los días siguientes, fui recuperando la memoria de lo ocurrido, y luego me dejaron volver a mi casa.


Mi padre me dijo que una chica había llamado a gritos una ambulancia en la calle por mí. Me pregunto qué había pasado, porque la chica no había hecho ninguna denuncia, dijo que no me conocía. 

También me comento que la chica se había interesado en mi, habían tomado un café en nuestra casa para comentarse como habían ocurrido los hechos según ella, mientras las cosas estaban graves.

En ese mismo momento me levante de mi silla y fui hacia mi habitación, ante la mirada atónita de mi padre.

Vi en el centro del fondo violeta de la pared un recorte de diario pegado.

Era de tres días después de la golpiza, en el rezaba escrito con una 
birome junto a un numero de telefono :


if i ran away, I'd never have the strenght to go very far ...
How would they here the beating of my heart?